Desde la espaciosa ventana del apartamento familiar, contemplo a mis pies la ciudad que me cobija desde hace cuatro años; una milenaria urbe de ciento veinte mil habitantes, a la que cruza un caudaloso río (cuando llueve) que desemboca en el Atlántico (entre España y Portugal) y tiene como emblema principal unas fuentes de aguas termales que brotan de las profundidades de la tierra a más de 60º centígrados. En 2003 llegué a Ourense procedente de Venezuela, huyendo (en cierta manera) de las dificultades que asfixiaban la existencia en aquel país al que amo y al que espero volver un domingo de lluvia del que "ya tengo el recuerdo", como dijo el maestro Vallejo. En esta ciudad tengo mis raíces y muchos de mis antepasados, pero allá, al otro lado del charco, En Venezuela, Colombia, México, Perú, tengo mis ramas, mis frutos y los verdaderos amigos.